
Reseñado por Bitterblink
África Vázquez (Zaragoza, 1990) no es precisamente una novata. Publicó su primera novela con diecisiete años gracias al Premio Jordi Sierra i Fabra y desde entonces ha acumulado más de treinta títulos publicados entre España y Latinoamérica, además de premios como el Crear, el Fiction Express, el Inmortales, el Búho o el Kelvin 505. Es licenciada en Historia por la Universidad de Zaragoza y ha trabajado como bibliotecaria, algo que se nota bastante en cuanto uno abre este libro. Con La sombra del loto negro se ha alzado con el XX Premio Minotauro, y no me extraña: esta autora escribe muy bien, eso hay que reconocérselo desde el primer párrafo.
Sinopsis
Imet es, al principio, novicia del culto a Isis en el reino del Ta-Mri, a orillas del Nilo, mientras su hermana mayor se prepara para ser ordenada sacerdotisa de la diosa. Todo se tuerce cuando Imet encuentra el cadáver de una joven envenenada con loto negro, una sustancia prohibida vinculada a los dioses: convencida de que su hermana corre peligro, interrumpe un rito sagrado y por ello es despojada de su rango y expulsada del templo.
Sobrevive gracias a que Mensa, el sumo sacerdote de Osiris, la acoge como aprendiz y la inicia en el oficio de embalsamadora. Años después, ya convertida en embalsamadora hecha y derecha, Imet jura ante los dioses cumplir una venganza y viaja a Waset, la Ciudad de las Cien Puertas y capital del Ta-Mri, decidida a infiltrarse en la corte del faraón Nekht-en-sen.
Pero los secretos que oculta el corazón del Nilo van mucho más allá de la venganza personal: la tierra se pudre, llegan las plagas, el agua alberga horrores innombrables y la clave de todo parece encontrarse más allá de la tierra de los vivos, en las profundidades del Inframundo.
Opinión personal
Lo primero que hay que decir es que el Egipto de Vázquez, pese a ser fantástico, está exquisitamente documentado y resulta verosímil de principio a fin: la dieta, el uso del kohl para proteger los ojos, las casas de cerveza, el ritual de embalsamamiento, el trato a los esclavos, el propio nombre de Ta-Mri, las estaciones del Nilo… Todo transmite la sensación de que detrás hay una investigación muy seria. No estamos ante una reconstrucción histórica del Egipto de Ramsés II, porque Ta-Mri es un mundo fantástico y Vázquez se toma las licencias que necesita, pero buena parte de su vida cotidiana podría encajar perfectamente en el Imperio Nuevo, aunque también haya detalles tomados de otras épocas.
La parte fantástica, en cambio, es bastante menos visible de lo que uno podría esperar: durante el primer cuarto de la novela apenas aparece y después va entrando con cuentagotas, a través de monstruos puntuales y avatares de los dioses. Llegué al libro atraído por una reseña de @pakozoic —influencer y divulgador que recomiendo— que hablaba de un misterio y una investigación en un Egipto mitológico, y sí, algo de eso hay… pero bastante menos de lo que esperaba.
Aquí es donde el libro empezó a perderme. Más de la mitad de la novela tiene a Imet dedicada a barrer, limpiar orinales, fregar, cocinar, servir, curar enfermos y una infinidad de tareas domésticas. Todo eso contribuye a construir un Egipto cotidiano extraordinariamente verosímil y, además, está escrito con muchísimo oficio. A mí me tocó incluso una fibra muy personal: en mi primer trabajo de juventud, en un asilo, me hicieron la novatada de asignarme el vaciado de los orinales y reconozco que hice exactamente lo mismo que la protagonista, llegué a casa, vomité y me dormí. Que un libro me devuelva un recuerdo tan concreto dice bastante de lo bien conseguida que está esa parte.
El problema es que ese costumbrismo termina devorando al misterio: la investigación y la historia de venganza no arrancan realmente hasta aproximadamente la mitad del libro, y para entonces yo ya había perdido bastante fuelle. Cuando finalmente llega la resolución, además, Imet ni siquiera descubre el misterio mediante su propia investigación o deducción, sino que otro personaje acaba explicándoselo. Después de tanta espera, me pareció una salida especialmente poco satisfactoria.
A partir de esa mitad, Imet empieza además a tomar decisiones que me desesperaron. Sí, ya sé que es impulsiva, hace lo que le pasa por la cabeza y vive bastante al límite; de hecho, si se fija en un hombre normalmente es que se lo va a tirar, creo que solo se salva Sefu y por poco. Hasta ahí puedo comprarlo. El problema llega cuando esa impulsividad empieza a justificar decisiones que tienen demasiado peso en la trama: el colmo, para mí, es cuando decide desprenderse voluntariamente del único poder “mágico” que posee, una elección que además tendrá consecuencias importantes después.
Ahí fue donde perdí definitivamente el respeto por el personaje, no porque una protagonista no pueda equivocarse, sino porque la novela no consiguió convencerme de que Imet tuviera razones suficientes para renunciar a una ventaja tan fundamental. A partir de ese momento dejó de preocuparme lo que pudiera pasarle: yo quería saber cómo terminaba el misterio, pero su destino personal empezó a darme bastante igual.
Seguí leyendo precisamente por eso, porque quería saber en qué acababa todo aquello y pensaba que, después de tantas páginas de preparación, al menos el misterio terminaría compensando la espera, y todavía había tiempo para un revolcón más con un personaje cuya relación se veía venir desde bastante pronto. En fin, terminé el libro, pero lo hice remando cuesta arriba.
El final me pareció precipitado, abrupto y, sobre todo, decepcionante. El problema no está tanto en la revelación sobre la verdadera naturaleza de los dioses como en que esa revelación deja demasiadas preguntas sin respuesta sobre todo lo sobrenatural que hemos visto hasta entonces: momias que caminan solas, muertos que regresan para atacar a los vivos, criaturas ligadas al Inframundo o rituales que parecen tener efectos reales continúan funcionando según unas reglas muy poco claras, y en algunos casos las propias acciones de los dioses resultan difíciles de justificar a la luz de lo que descubrimos al final.
Más que explicar retrospectivamente el mundo de la novela, el desenlace introduce una nueva capa que vuelve algunas escenas anteriores todavía más confusas y hace que la mitología pierda parte de su coherencia interna. Lo curioso es que esa sensación no terminó de asentarse mientras leía las últimas páginas, sino uno o dos días después: empecé a recordar determinadas escenas y a preguntarme qué sentido tenía que pasara esto o aquello teniendo en cuenta la revelación final, y demasiadas veces mi respuesta fue la misma: ninguno. No recuerdo muchas novelas en las que el final haya conseguido estropearme retrospectivamente una parte importante de lo leído. Un buen giro debería hacerte mirar atrás y pensar “ahora todo encaja”; aquí, en mi caso, ocurrió justo lo contrario.
En conjunto, La sombra del loto negro es una novela muy bien documentada, escrita con oficio y con una ambientación cotidiana extraordinariamente convincente, virtudes que pueden pesar muchísimo para un lector especialmente interesado en Egipto. En mi caso no fueron suficientes: el costumbrismo terminó ahogando el misterio, desconecté por completo de Imet y el desenlace, en lugar de cerrar algunas de las dudas que me habían mantenido leyendo, me dejó nuevas preguntas sobre la coherencia del mundo que acababa de recorrer.
No puedo decir con honestidad que sea una novela mal escrita, porque sería injusto hacerlo, pero sí puedo decir que no me gustó y que terminé bastante más interesado en acabarla que en seguir acompañando a sus personajes.
Calificación: Pasable
Lo mejor: La documentación exquisita del Egipto fantástico —dieta, kohl, casas de cerveza, embalsamamiento, Ta-Mri, las crecidas del Nilo— y una prosa que confirma por qué África Vázquez ha ganado tantos premios, una ambientación original y poco frecuente.
Lo peor: Un costumbrismo que termina ahogando el misterio, una protagonista con la que terminé desconectando y una revelación final que abre más problemas de coherencia de los que resuelve.
Lo releería: No.
Lo recomiendo: Solo si eres muy, muy fan de Egipto y disfrutas especialmente de la recreación de la vida cotidiana. Si llegas buscando ante todo el misterio y la investigación en un Egipto mitológico que promete la premisa, prepárate para esperar bastante.
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