
Reseñado por Bitterblink
Salitre y cenizas es la novela debut de Carlos di Urarte, primer volumen de la trilogía La Corona del Oráculo, publicada por El Transbordador en abril de 2025. Y conviene presentar bien a su autor, porque no es un recién llegado que se haya lanzado a la piscina sin paracaídas: Di Urarte (Santander, 1980) lleva más de trece años trabajando como asesor editorial y lector profesional para varias editoriales de género, y antes de eso formó parte de la plantilla de la mítica librería Gigamesh de Barcelona, donde el fantástico en España se ha cocido durante décadas.
Es también tutor en la escuela de escritura Phantastica, con cursos específicamente centrados en el grimdark, y una de las voces más conocidas en redes divulgando literatura fantástica, terror y ciencia ficción, con esa mezcla de mordacidad y criterio que dan los años leyendo manuscritos ajenos. Vamos, que si alguien sabe de qué pie cojea el género antes de ponerse a escribir en él, es él. Un debut nacional no es poca cosa, y menos cuando se planta directamente en el terreno de la fantasía ambientada en una versión oscura de algo parecido al norte de España del Renacimiento. Eso ya le da puntos antes de abrir la primera página.
Sinopsis
En el penal de El Cabracho, Leo Vicar aguarda la ejecución de su sentencia a manos de la Inquisición. Antes de morir, dicta su infame biografía a un escriba real, y esa confesión es la que vertebra la novela en dos líneas temporales: el presente en la celda y el pasado en Sancta Andara, un pequeño pueblo costero de una España renacentista desfigurada por lo mítico y lo fantástico.
Leo crece en un entorno asfixiante, marcado por una religión opresiva y una tradición popular que juzga con más dureza que cualquier magistrado: el juicio de los ancianos pesa más que la ley oficial. La aparición de una mujer enigmática, arrastrada por las olas y cubierta de tatuajes de tentáculos, cambia el rumbo de su vida y abre la puerta a los elementos de brujería que recorren la novela. Su familia, salvo un tío que acaba erigiéndose en su principal antagonista, ocupa un papel central en la manera en que Leo intenta encontrar su lugar en un mundo empeñado en doblegarlo. Un primer amor desencadena un descenso al abismo del que Leo no sale indemne, ni física ni moralmente.
En la línea temporal del presente, el relato de Leo lo recoge Afonso, un escriba de origen judío que sirve además para asomarse a otras creencias perseguidas en ese mismo mundo. Como contrapunto casi cómico aparece Paristófeles, un «familiar» con mucha retranca que rompe por momentos el tono sombrío de la narración. Hacia el final entra en escena el inquisidor Theron Leal, una pieza que promete tener peso en las siguientes entregas de la trilogía, cuyo segundo volumen ya tiene título: Hábito y mortaja.
Opinión personal
Antes de entrar en materia, un par de avisos. He echado un vistazo a otras reseñas y a las notas en Goodreads antes de escribir esta, y voy a ir a contracorriente de la mayoría, así que ya me lo perdonaréis, pero os voy a dar mi opinión. Y, segundo, es posible que en lo que sigue toque algo que otras reseñas tratan como spoiler y yo no —alguna habla del «giro del segundo capítulo»—. Pido perdón de antemano si es vuestro caso, pero no comparto ese criterio y, para explicar por qué el libro no me ha funcionado, necesito hablar de ello con franqueza. Sois libres de dejar de leer aquí.
Empiezo por lo bueno, porque hay que decirlo con todas las letras: Di Urarte sabe escribir. Y lo digo con alivio, porque últimamente parece que muchas novelas debut tienen que venir con su estructura fragmentada, su narrador poco fiable de manual y su ración de artificios para parecer «modernas». Aquí no hay nada de eso. Desde mi punto de vista, lo que hay es una prosa limpia y bien construida, que te planta en esa Cantabria renacentista con una autenticidad que se siente en la piel: el peso de la religión, la asfixia cultural, esas tradiciones propias que contradicen cualquier idea de progreso.
Destaca para mí, por ejemplo, el juicio de los ancianos, que pesa más que el de cualquier magistrado oficial: es un hallazgo estupendo, uno de esos detalles que retratan mejor una sociedad opresiva que cualquier discurso explicativo. En la misma línea, aplaudo que Di Urarte tire del folclore cántabro de verdad, con criaturas como el ojancano, los trastolillos o los duendes domésticos, en vez de recurrir al bestiario genérico de fantasía que se repite libro tras libro. Ese anclaje en la mitología propia es uno de los elementos más originales de la novela y se agradece muchísimo. Como retrato de la opresión, funciona, y como carta de presentación de un autor debutante, funciona todavía mejor.
Ahora viene lo que no me ha funcionado, que es más largo, pero os lo resumo: no he conectado con el libro y, lo peor, es que me ha aburrido. Ojo, no tiene por qué ocurrirte eso a ti, pero déjame explicarte qué no me ha gustado.
[Ojo, que aquí viene ese spoiler que nadie quiere contar]
Para mí, la disforia de género de Leonora acaba ocupando un espacio desproporcionado respecto a lo que termina aportando al desarrollo de la historia. La novela insiste una y otra vez en ese conflicto como uno de sus grandes ejes, pero nunca tuve la sensación de que evolucionara lo suficiente como para justificar ese protagonismo.
Mi lectura fue que, más que un deseo de ser un chico, el personaje parecía rechazar el papel social que implica ser mujer en ese contexto: casarse bien, tener muchos hijos, etc. De hecho, muchas de las consecuencias que sufre no derivan directamente de su identidad de género, sino de su rechazo constante a las normas sociales y religiosas del entorno. Esa faceta de rebeldía me pareció bastante más determinante para la trama que la propia disforia. Me recuerda a «El cuento de la criada» de Margaret Atwood, donde sufres por las injusticias y arbitrariedades que le ocurren a un protagonista rebelde.
También me chirría la construcción de los personajes secundarios. La sensación que me dejó es que el reparto de roles morales resulta demasiado uniforme, con la mayoría de los hombres cercanos a Leo ejerciendo de aliados, mientras que buena parte de las mujeres representan el rechazo y la crueldad. Incluso el tío de Leo, el principal antagonista masculino, termina apareciendo como un personaje parcialmente justificable, porque la novela presenta buena parte de su violencia como consecuencia del miedo al pecado, al infierno o de la ignorancia.
Me pareció ridículo que una gran parte de la novela y de su conflicto se apuntalara sobre el contrabando de consoladores. Sinceramente, al principio pensé que buscaba ser un golpe de humor negro o una declaración de intenciones, pero luego vi que no, que iba completamente en serio. A mí me sacó de la lectura.
Tampoco comparto la etiqueta de grimdark, y sé que es un poco osado decirlo cuando el propio Di Urarte imparte cursos sobre el género y sabe de esto más que yo. Digamos que él es un enólogo, pero yo soy un borrachuzo y sé lo que me gusta del vino.
En varios textos que intentan definir el género se llega a la conclusión de que el grimdark exige que la moral sea ambigua y que la esperanza resulte excepcional, y para mí esa combinación forma parte de su esencia. Esta novela tiene una moral bastante clara sobre quién es bueno y quién es malo, y el mundo, por opresivo que sea, no transmite esa desesperanza estructural que para mí define al género. Esto es costumbrismo oscuro con brujas, que no es poco ni es malo, pero es otra cosa.
Y una última nota, menor, pero que no quiero dejar de comentar porque me molestó, quizá sin motivo. Entiendo perfectamente que la novela construya una religión paralela a la católica, más opresiva y violenta, como herramienta narrativa: es un recurso legítimo y hasta necesario para lo que quiere contar. Lo que ya no me parece de tan buen gusto es que, para el himno de esa iglesia imaginaria, se recurra a una canción de misa católica real con la letra ligeramente alterada. No le habría costado nada a Di Urarte inventar un himno propio para su iglesia ficticia, sin necesidad de tocar algo que para muchos lectores tiene un significado real. No es grave, pero me ha parecido de mal gusto.
Con todo esto, no dudo del talento de Di Urarte, y sospecho que la saga puede espabilar en el segundo tomo, cuando la vertiente fantástica gane más peso. Pero yo, por mi parte, me bajo aquí. Esta es mi parada.
Pese a mi opinión, espero que lo que os he contado anime a algunos a leerla, tiene ~400 reseñas muy positivas en amazon así que puede que con vosotros si conecte. Es un libro bien escrito, pero creo que el hype le ha venido regular y la etiqueta de grimdark todavía peor, al atraer a lectores que buscaban otra cosa.
Calificación: Pasable
Lo mejor: la prosa; la ambientación en la Cantabria renacentista; el juicio de los ancianos como retrato de la opresión; y el uso del folclore cántabro auténtico (como el trastolillo) frente al bestiario genérico habitual.
Lo peor: una novela que acaba orbitando en exceso alrededor de la disforia de género de Leo sin otorgarle después un peso argumental equivalente; un reparto de roles morales demasiado uniforme por género (hombres aliados, mujeres antagonistas); lo de los consoladores; y la etiqueta de «grimdark», que no comparto por la falta de verdadera ambigüedad moral.
Lo releería: No.
Lo recomiendo: A quien busque costumbrismo oscuro con brujas en una novela que te hará sufrir por las injusticias; no a quien venga buscando grimdark al uso.
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