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Dune – Frank Herbert

Reseñado por Bitterblink

Frank Herbert no era un escritor de ciencia ficción que un día decidió inventar un desierto. Antes que nada era un periodista con una curiosidad casi obsesiva por los ecosistemas: pasó años documentándose sobre dunas costeras y proyectos contra la erosión en Oregón, y de ahí nació Arrakis. Herbert construyó primero el planeta —su clima, su ecología, los gusanos de arena y la especia— y después dejó que la política, la religión y la genética se desarrollaran sobre esa base. Esa mirada de ecólogo es una de las claves que distingue a Dune de la space opera de su época: Arrakis no es un decorado, sino un personaje con reglas propias que condiciona todo lo demás.

El resultado fueron siete años de trabajo y un manuscrito rechazado por más de veinte editoriales por su extensión y por lo poco convencional de una space opera construida sobre ecología, religión y política. Finalmente, Chilton Books —conocida sobre todo por sus manuales de automóviles— la publicó en 1965, después de su serialización en Analog. La apuesta salió redonda: Dune ganó el Nebula a la mejor novela en 1965 y compartió el Hugo en 1966, convirtiéndose con el tiempo en una de las obras más vendidas de la ciencia ficción.

Herbert continuó desarrollando ese universo hasta completar, antes de su muerte en 1986, una hexalogía que se aleja progresivamente de la aventura de la primera novela para profundizar en el poder, el mesianismo y la evolución humana a lo largo de milenios. Una saga que —como comento más abajo— he tenido la suerte, y la paciencia, de leer completa.

Sinopsis

El duque Leto Atreides recibe del Emperador el control del planeta Arrakis, el único lugar del universo donde se produce la melange, la especia que hace posible los viajes interestelares y que prolonga la vida y expande la mente de quien la consume. Es un regalo envenenado: los Atreides sustituyen en el feudo a sus enemigos jurados, los Harkonnen, que no piensan renunciar a Arrakis sin pelear. Junto al duque viajan su concubina, la Bene Gesserit Lady Jessica, y su hijo Paul, un adolescente entrenado desde la cuna en el combate, la política y unas disciplinas mentales que lo acercan, sin que él mismo lo sepa del todo, a algo más que humano.

Cuando la traición golpea a los Atreides, Paul y Jessica se ven obligados a huir al desierto y a refugiarse entre los Fremen, el pueblo nativo de Arrakis, curtido por siglos de vivir con el agua racionada y la muerte acechando entre las dunas en forma de pavoroso y gigantesco gusano de arena. Ahí, entre profecías sembradas siglos atrás por la propia Bene Gesserit, la explotación descarnada de la especia y las maniobras del Emperador y sus temidos Sardaukar, Paul empieza una transformación que ya no depende solo de su voluntad, sino de fuerzas históricas, genéticas y religiosas que lo superan.

Opinión personal

Dune es uno de mis libros preferidos, y lo digo siendo consciente de que no es una lectura rápida ni fácil. Lo he leído seis veces —la hexalogía original completa, de hecho, no solo esta primera entrega— y esa insistencia es la que me hace acercarme a escribir esta reseña casi con respeto, con la sensación de que cualquier cosa que diga se queda corta frente a lo que el libro es. Le tengo especial cariño porque llegué a él después de ver la película original, aquella versión «psicodélica» que no es nada fiel a la novela pero que en su momento me pareció lo más molón que había visto en pantalla. Leer el libro después fue descubrir que la fuente era mucho más rica, más árida y más exigente que cualquier imagen que el cine pudiera darme.

Lo que me gusta

Lo que más me fascina de Dune es que enseña y no explica. Herbert deja caer terminología, política, religión y ecología sin manual de instrucciones, y eso hace que casi cada pequeño detalle se convierta en materia de reflexión —o, hoy, en excusa para pararse a consultar internet, algo que antes no existía y que nos obligaba a leer artículos y ensayos sobre el libro solo para terminar de entenderlo—. Ese «dejar cosas sin explicar» es deliberado: la información llega muy poco a poco, casi a regañadientes, y hay pistas del universo Fremen y Sardaukar que solo cobran sentido páginas o capítulos después. Es un libro que confía en que el lector va a sostener la incertidumbre, y esa confianza es rara de encontrar.

Y si hay algo que se beneficia especialmente de ese «enseñar sin explicar» es la ecología de Arrakis. No es un decorado árido más: es una ecología única, distinta, casi alienígena, construida con un rigor que no había visto antes en ninguna otra space opera. En el centro de todo, literal y simbólicamente, está el gusano de arena: no es un monstruo decorativo, sino el eje sobre el que gira absolutamente todo lo demás —la especia, el ciclo del agua, la cultura Fremen, la economía del Imperio—. Cuanto más entiendes cómo encaja cada pieza de ese ecosistema, más se disfruta el libro, y esa es probablemente la mayor demostración de que Herbert hizo primero al planeta y luego a la historia.

Los personajes son otro de sus grandes aciertos, y aquí quiero matizar algo que suelo repetir: para mí, el personaje icónico de la saga, al que Herbert parece tener un cariño especial, es Duncan Idaho: aunque su peso varía, siempre acaba reapareciendo libro tras libro. Tiene hasta nombre de héroe galáctico. Pero no es, sin embargo, el personaje sobre el que resulta más interesante escribir (ese papel evidentemente se lo queda Paul, con toda su ambigüedad). Dama Jessica es otro acierto enorme: una protagonista femenina fuerte y valiente, con una agencia real dentro de la trama, aunque hacia el final del libro pierda algo de ese protagonismo a medida que el foco se cierra sobre Paul. Y luego están personajes consumidos por la devoción como Stilgar, que cumplen una función narrativa preciosa: es precisamente a través de su devoción ciega como el lector mide hasta qué punto Paul se ha transfigurado ya en Paul Muad’Dib.

Los Fremen me parecen maravillosamente misteriosos, y los Sardaukar todavía más: ambos pueblos se definen tanto por lo que Herbert cuenta como por lo que calla. Compro por completo la originalidad de ese universo, la importancia real y tangible de la especia, y el asco que terminan generando los Tleilaxu según se los conoce mejor a medida que avanza la saga (no aparecen en el primer libro). Tardé en entender el libro por completo, y aun así lo considero un imprescindible del género. Es de esos libros que vas a sufrir mientras los lees, pero que cuando por fin encajan las piezas te hacen sentir lo grande que es la obra que tienes entre manos.

Lo que me gusta menos

Hay que asumir que algunos diálogos son tediosos de leer, porque a veces dos palabras intercambiadas llevan detrás media página de descripción de micromovimientos corporales que, en realidad, ya han dejado clara toda la conversación. El ritmo general también es exigente, y hay que superar un inicio especialmente árido antes de que la novela empiece a devolverte el esfuerzo.

Hay algo en la evolución de Paul que siempre me descuadra: su progresiva deshumanización rompe parcialmente la imagen que el lector había construido del personaje y es normal que, de alguna manera, «duela». Se nota en esta primera novela y no solo en las secuelas, aunque sea de forma más sutil. (Aviso de spoiler menor, sin relevancia para la trama principal: hay un momento en que Paul recibe la noticia de la muerte de un hijo con una frialdad absoluta, casi administrativa. Es un detalle que no mueve la historia un ápice, pero que dice mucho de en quién se está convirtiendo el personaje; de hecho, en la película de Villeneuve ese episodio directamente no sucede, es una de las diferencias respecto a la novela.)

Identificarse con el protagonista es más difícil, porque eres muy consciente de cómo va perdiendo su humanidad por el camino. No es un defecto de escritura —está buscado y es parte del propósito de Herbert—, pero sí cambia la experiencia de lectura: empiezas acompañando a un chico que parece un héroe y terminas observando, con una distancia incómoda, a alguien que ya no lo es del todo.

La otra cara de esa misma virtud de «enseñar y no explicar» es que ese estilo deja un worldbuilding con muchos aspectos deliberadamente incompletos, cuestiones que Herbert nunca llegó a desarrollar o cerrar del todo. Las novelas posteriores ambientadas en este universo —sobre todo las de su hijo Brian Herbert— han ido intentando rellenar esos huecos con resultados desiguales, más o menos afortunados según el lector. Es el precio de un libro que prefiere sugerir a explicar: ganas misterio, pero también dejas puertas entreabiertas que otros, con más o menos acierto, acabarán intentando cerrar por ti.

Calificación: Imprescindible

  • Lo mejor: La ecología de Arrakis: única, alienígena y con el gusano de arena como epicentro absoluto de todo lo demás. Un universo político, religioso y ecológico completamente original, sin equivalente real en la ciencia ficción de su tiempo. Personajes como Dama Jessica y Stilgar, que sostienen el libro tanto como el propio Paul.
  • Lo peor: Ritmo exigente. Paul evoluciona pero no tiene por qué gustarte en qué dirección lo hace. Un worldbuilding que deja deliberadamente partes sin desarrollar.
  • ¿Lo releería?: Sin duda, de hecho ya lo he hecho seis veces, hexalogía completa incluida, y no descarto una séptima.
  • ¿Lo recomiendo?: Totalmente, aunque con un aviso: no es una lectura rápida ni cómoda, y hay que llegar dispuesto a sufrir un poco antes de que el libro empiece a dar sus frutos.

Otros libros que podrían gustarte

  • Hellhole, de Kevin J. Anderson y Brian Herbert, hijo de Frank Herbert, si quieres ver cómo otro autor intenta seguir explorando ese mismo tipo de ecología política a gran escala.
  • Justicia auxiliar, de Ann Leckie, por otra space opera que construye un imperio político igual de denso y original.
  • El juego de Ender, de Orson Scott Card, si lo que te atrapó fue ver a un protagonista adolescente cargar con un peso que lo supera.

Nota al pie: Libro vs. películas modernas (Denis Villeneuve)

La adaptación de Villeneuve es fiel en tono y estructura, pero recorta y suaviza algunas cosas: personajes como Piter de Vries o Rabban Harkonnen quedan mucho menos desarrollados que en la novela, el ecólogo Liet-Kynes pasa de hombre a mujer, la escena de la cena en Arrakis pierde buena parte de su tensión cultural, y —como ya comentaba antes— el momento en el que se aprecia la frialdad de Paul ante la muerte de un hijo directamente no aparece en pantalla.

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