Reseñado por Bitterblink
Llegué a este libro por el camino menos noble para un lector que se precie: a través del cine. Vi Master and Commander: al otro lado del mundo, la estupenda película que Peter Weir dirigió en 2003 con Russell Crowe, y salí de la sala con esa sensación rara de haber estado embarcado de verdad, oliendo la brea y la pólvora. Tan buena me pareció que decidí ir a la fuente, y la fuente es esta novela de Patrick O’Brian.
Conviene presentar al autor, porque es un personaje curioso. O’Brian (1914-2000) fue antes que nada un traductor de prestigio (vertió al inglés el Papillon de Charrière y buena parte de la obra de Simone de Beauvoir) y un biógrafo reputado, nada menos que de Picasso, con quien fue vecino en el Rosellón francés. Era además un hombre celosísimo de su intimidad, hasta el punto de fabricarse una biografía a medida: sostuvo durante años ser irlandés cuando en realidad había nacido en Inglaterra y se llamaba Richard Patrick Russ. Con ese material empezó, ya entrado en años, la saga que lo haría célebre: las aventuras del capitán Jack Aubrey y el médico Stephen Maturin, una serie de veinte novelas que durante casi dos décadas fue objeto de culto minoritario antes de estallar como fenómeno de ventas. Capitán de mar y guerra es la primera de todas, la piedra fundacional.
Sinopsis
La acción arranca en abril de 1800, con una Gran Bretaña que sigue plantando cara con denuedo al expansionismo de Napoleón. En una velada musical en Puerto Mahón, un teniente de navío llamado Jack Aubrey y un médico de origen irlandés y catalán, Stephen Maturin, están a punto de llegar a las manos por una nimiedad: el compás mal llevado de un cuarteto de cámara. Al día siguiente, la fortuna da un vuelco. Aubrey es ascendido y recibe el mando de la Sophie, una modesta corbeta de la flota del almirante Nelson; hace las paces con su rival de la víspera y, al descubrir que es médico, lo recluta como cirujano de a bordo.
A partir de ahí asistimos a la puesta a punto del barco, al reclutamiento de la tripulación y a las primeras singladuras de la Sophie por el Mediterráneo, en una sucesión de patrullas, persecuciones y combates contra los corsarios y los navíos enemigos. Y, sobre todo, asistimos al nacimiento de una de las grandes amistades de la literatura: la del marino extrovertido, valiente y algo bocazas, y la del médico introspectivo, naturalista y reservado. Dos caracteres opuestos condenados a entenderse en el espacio imposible de un barco de guerra.
La Sophie se meterá en más problemas de los que esperaba y nuestro bocazas preferido tendrá que mantener la disciplina con mano de hierro para hacer sobrevivir la fragata y a su bisoña tripulación.
Opinión personal
Adelanto el veredicto: el libro es tan emocionante como prometía la película, y eso no es poco. Son excelentes las escenas de batalla naval. O’Brian las narra con un pulso y un conocimiento técnico que te plantan en cubierta, entre el humo, la madera astillada y los gritos de las órdenes. Hay aquí una decisión literaria que conviene señalar: el autor no rebaja la jerga marinera para hacérnosla cómoda, sino que la despliega entera, con todos sus masteleros y sus foques, confiando en que el lector se deje llevar por la música aunque no entienda cada término. El efecto es una credibilidad casi absoluta; uno tiene la sensación de estar oyendo a marinos de verdad, no a actores recitando.
Pero más allá de la acción hay algo que eleva la novela por encima del simple relato de aventuras, y es cómo transmite el espíritu de la época. El sacrificio asumido como cosa cotidiana. La rígida y fascinante frontera entre los oficiales y los marineros, dos mundos que conviven a pocos metros y sin embargo a un abismo social de distancia. Y esa estampa que a mí se me quedó grabada: la de un niño grumete cargando con responsabilidades de adulto, como si la infancia fuera un lujo que el mar de aquel tiempo no se podía permitir. O’Brian no juzga ese mundo desde nuestra moral contemporánea, lo reconstruye desde dentro y deja que el lector saque sus conclusiones, que es la manera elegante de hacer novela histórica.
Por ponerle un pero, porque defectos graves no le encuentro, algunos de los diálogos entre Aubrey y Maturin se me atascan cuando el médico se enreda en disquisiciones filosóficas que se me antojan algo superficiales y que frenan el avance de la narración. Es probable que otros lectores valoren justamente esas pausas reflexivas como el contrapeso intelectual a la acción; a mí, confieso, me dan ganas de volver cuanto antes a cubierta. Defecto menor, en cualquier caso, en una novela tan redonda.
Y la mejor prueba de cuánto me gustó es esta: no solo lo releería, es que ya lo he releído, que para mí es la forma más sincera de recomendar un libro.
Calificación: Bueno
Lo Mejor: Las escenas de batalla naval y cómo transmite el espíritu de la época: el sacrificio, la diferencia entre oficiales y marineros, la figura del grumete
Lo Peor: Algunos diálogos con Maturin se atascan en una filosofía que me resulta superficial
Lo Releería: Sí, y de hecho ya lo he hecho más de una vez
Lo Recomiendo: Sí, especialmente si viste y disfrutaste Master and Commander
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Y para terminar, una recomendación que parece un disparate pero no lo es. Si este Aubrey te conquista y te quedas con ganas de más disciplina naval, honor y mando sobre hombros demasiado jóvenes, prueba con los libros de David Feintuch que reseñé en su día: Seafort Guardiamarina y su continuación UNS Challenger. Están ambientados en el espacio, sí, con naves estelares en lugar de fragatas, pero tienen exactamente el mismo vibe: la cadena de mando, el peso del deber, el sacrificio y la soledad del que manda. Cambia el velamen por el casco de una nave y es la misma música. Palabra.
Bitterblink
